Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Está encarcelada?

—No, monseñor, sino muerta.

—¡Muerta! —repitió el cardenal, no pudiendo dar crédito a sus oídos—. ¡Muerta! ¿Muerta, habéis dicho?

—Tres veces intentó matarme, y otras tantas se lo había perdonado; pero mató a la mujer a quien yo amaba, y entonces mis amigos y yo la prendimos, la juzgamos y la condenamos.

Al llegar aquí, D’Artagnan contó a Richelieu el envenenamiento de mm. Bonacieux en el convento de las carmelitas, el juicio celebrado en la casita aislada, y la ejecución de milady en la margen del Lys.

El cardenal se estremeció, y eso que no solía estremecerse. Pero, de pronto, y como al influjo de un pensamiento persistente, la fisonomía del cardenal, hasta entonces sombría, se despejó poco a poco y se serenó por completo.

—De modo que os constituisteis en jueces, sin pensar que los que no han recibido el ministerio de castigar y castigan son asesinos —repuso su eminencia con una voz cuya suavidad contrastaba con la severidad de sus palabras.


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