Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Sin abrir la boca.

—¡La Chesnaye! ¡La Chesnaye! —gritó el rey.

El ayuda de cámara de confianza de Luis XIII, que nunca se movía de la puerta, entró en el gabinete real.

—La Chesnaye —dijo el monarca—, que vayan inmediatamente a por el duque de La Trémouille; quiero hablar con él esta misma noche.

—¿Me promete vuestra majestad no ver a persona alguna entre m. de La Trémouille y yo?

—Os lo prometo.

—Entonces hasta mañana, señor.

—Hasta mañana.

—¿A qué hora, si le place a vuestra majestad?

—A la hora que más os acomode.

—Temo despertar a vuestra majestad si vengo demasiado temprano.

—¿Despertarme, decís? ¿Acaso duermo? No, ya no duermo, m. de Tréville; lo que hago es soñar alguna vez, y nada más. Venid, pues, tan temprano como queráis, a las siete; pero ¡ay de vos si vuestros mosqueteros son culpables!

—En caso afirmativo, serán puestos en manos de vuestra majestad, que hará de ellos lo que bien le pareciere. ¿Ordena otra cosa su majestad? Estoy pronto a obedecer.


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