Los Tres Mosqueteros

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En efecto, apenas diez minutos después se abrió la puerta del gabinete del rey, y Tréville vio salir de él al duque, que se le acercó, diciéndole:

—M. de Tréville, su majestad acaba de hacerme llamar para informarse de lo ocurrido ayer por la mañana en mi casa. Le he dicho la verdad, esto es que la culpa la tenían mis criados, y que estaba pronto a daros toda clase de satisfacciones. Recibidlas, pues, ya que os encuentro, y hacedme la merced de tenerme por uno de vuestros amigos.

—¡Ah!, señor duque —repuso el capitán—, tan seguro estaba yo de vuestra buena fe, que ante su majestad no quise otro defensor que vos. Veo que no me engañé, y os agradezco de todo corazón lo que habéis hecho, pues me demuestra que en Francia todavía hay un hombre de quien puede decirse a boca llena lo que yo he dicho de vos.

—Bien, muy bien —profirió Luis XIII, que, entre las dos puertas, había escuchado aquellos cumplidos—; decidle asimismo, Tréville, ya que se tiene por uno de vuestros amigos, que también yo querría serlo de él, pero que no me hace caso; que van para tres años que no le había visto, y que no lo veo sino cuando mando llamarle. Decidle esto de mi parte, pues estas cosas son de aquellas que no puede decirlas personalmente un soberano.


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