Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Gracias, señor, gracias —exclamó el duque—; pero tenga por seguro vuestra majestad, y no lo digo por m. de Tréville, que no son aquellos a quienes vuestra majestad ve a todas horas los que le son más devotos.

—¡Ah! ¿Habéis oído lo que he dicho? Mejor, duque, mejor —repuso el rey, avanzando hasta la puerta—. ¿Sois vos, Tréville? ¿Dónde están vuestros mosqueteros? ¿No os dije anteayer que me los presentarais? ¿Por qué no lo habéis hecho?

—Están abajo, señor, y con vuestra venia La Chesnaye va a decirles que suban.

—Sí, sí, que suban inmediatamente; van a dar las ocho, y a las nueve aguardo una visita. Podéis marcharos, señor duque, y sobre todo dejaos ver por acá. Entrad, Tréville.

El duque saludó, y en el instante en que abría la puerta para salir, aparecieron en lo alto de la escalera los tres mosqueteros y D’Artagnan, conducidos por La Chesnaye.

—Entrad, valientes, entrad, tengo que regañaros —dijo el monarca.

Los tres mosqueteros se acercaron al rey, a quien hicieron una profunda reverencia; D’Artagnan les seguía a dos pasos de distancia.


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