Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Cómo se entiende! —continuó Luis XIII—. ¡Haber puesto vosotros cuatro, solo vosotros cuatro, siete guardias de su eminencia fuera de combate! Esto es excesivo, señores, excesivo. A este paso, su eminencia va a verse obligado a renovar su compañÃa dentro de tres semanas, y yo a hacer aplicar en todo su rigor los edictos. Uno, por chiripa, no digo; pero siete en dos dÃas, lo repito, es demasiado, más que demasiado.
—Por esto, señor, vuestra majestad ve cuán contritos y arrepentidos vienen a disculparse.
—¡Contritos y arrepentidos! ¡No me diga! —profirió el rey—, no me fÃo ni pizca de sus semblantes hipócritas; sobre todo, estoy viendo allà una cara de gascón… Acercaos, caballero, acercaos.
D’Artagnan, que comprendió que a él se dirigÃa el cumplido, se acercó, tomando el ademán más desesperado.
—¿Pues no me dijisteis que era un mozo, m. de Tréville? —prosiguió Luis XIII—, si es un niño, un verdadero niño. ¿Él es quien dio aquella terrible estocada a Jussac?
—Y el que ha dado las dos magistrales cuchilladas a Bernajoux.
—¡De veras!