Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Sin contar —dijo Athos— que si no me hubiese sacado a mà de las manos de Cahusac, es más que probable que en este momento no me cabrÃa la honra de hacer a vuestra majestad mi más humilde acatamiento.
—¡Que baje Dios y lo vea! Como hubiera dicho el rey mi padre —exclamó el monarca—, decid que ese bearnés es un verdadero diablo, m. de Tréville. A este paso no va a ganar para espadas y jubones, y como los gascones no son ricos… ¿No es cierto?
—Señor, todavÃa no se han descubierto minas de oro en sus montañas, por más que Dios les deba este milagro en recompensa de haber sostenido, como lo hicieron, las pretensiones del rey vuestro padre.
—Lo cual quiere decir que los gascones son los que me han hecho rey a mÃ, pues soy hijo de mi padre. Enhorabuena, no digo lo contrario. La Chesnaye, a ver si registrando todas mis faltriqueras encontráis cuarenta pistolas, y en caso afirmativo, traédmelas. Y ahora, m. D’Artagnan, con la mano sobre la conciencia contadme lo que ha pasado.
D’Artagnan contó circunstanciadamente el lance de la vÃspera.