Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esto es —murmuró el rey—; asà mismo me lo ha referido el duque. ¡Pobre cardenal! Siete hombres en dos dÃas, siete de los hombres que le eran más caros; pero ya hay bastante, señores, ¿lo oÃs?, ya hay bastante: habéis tomado de sobras vuestro desquite de la rue de Férou, y debéis daros por satisfechos.
—Si vuestra majestad lo está, también nosotros —profirió m. de Tréville.
—Lo estoy —añadió el rey, tomando un puñado de monedas de oro de manos de La Chesnaye y dándoselas a D’Artagnan—. Ahà una prueba de mi satisfacción.
En aquel entonces aun no se habÃan puesto a la moda las arrogancias de nuestros dÃas. Un noble recibÃa sin mengua dinero de manos del rey. D’Artagnan se metió, pues, sin cumplidos las cuarenta pistolas en la faltriquera, y dio a su majestad un millón de gracias por la merced.
—Son las ocho y media —dijo el rey, consultando su péndulo—, y ya os he manifestado que aguardo una visita para las nueve. Retiraos, señores, y gracias por vuestra devoción. Puedo contar con ella, ¿no es verdad?
—¡Oh!, señor —prorrumpieron a una los cuatro amigos—, dejarÃamos que nos hiciesen tajadas por vuestra majestad.