Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Bien, bien; pero vale más que os conservéis enteros y seréis más útiles. Tréville —añadió el rey a media voz, mientras los demás se retiraban—, como no hay vacante alguna en los mosqueteros, y como, separadamente de eso, para entrar en el cuerpo hemos decidido que se hiciera un noviciado, colocad a ese mozo en la compañÃa de los guardias de m. Des Essarts, vuestro cuñado. Por mi vida, Tréville, que solo el pensar en el hocico que va a poner el cardenal me llena de regocijo: ¡no será poco su enojo! Pero, ¡bah!, estoy en mi derecho.
El monarca saludó con la mano a Tréville, que salió y se reunió con sus mosqueteros, a quienes encontró compartiendo con D’Artagnan las cuarenta pistolas.
En cuanto al cardenal, realmente, como dijera su majestad, se puso furioso, hasta el extremo de no asistir por espacio de ocho dÃas al juego del rey, lo que no fue óbice para que este le pusiera la mejor cara del mundo y le preguntase con el mayor cariño cada vez que lo encontraba:
—¿Qué tal están los pobrecitos Bernajoux y Jussac, vuestros servidores, m. cardenal?