Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros A Porthos se le antojó que semejante ocupación era señal evidente de una organización reflexiva y contemplativa, y sin más recomendación se llevó consigo al picardo. El aspecto imponente del mosquetero, por cuenta de quien se dio a entender que estaba contratado, había seducido a Planchet —que así se llamaba aquel lacayo—, el cual tuvo un ligero disgusto al ver que su plaza la desempeñaba ya un cofrade suyo llamado Mousqueton, y al oír que Porthos le decía que el estado de su casa, aunque grande, no consentía dos criados, y que debía entrar al servicio de D’Artagnan. Sin embargo, cuando Planchet asistió al banquete dado por su amo y vio que este, al pagar, sacaba de su faltriquera un puñado de monedas de oro, se tuvo ya por rico y en su alma dio gracias a Dios de haber caído en manos de semejante creso; opinión en que perseveró hasta después del festín, con los relieves del cual reparó largas abstinencias. Pero al hacer, por la noche, la cama de su amo, Planchet vio desvanecidas todas sus ilusiones. En la habitación de D’Artagnan, compuesta de antesala y dormitorio, no había más cama que aquella. Planchet durmió en la antesala sobre un cobertor sacado de la cama de D’Artagnan, y del que luego hizo este caso omiso.