Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Athos tenía un criado, Grimaud, al que adiestrara de una manera particular en su servicio. ¡Qué callado era aquel buen señor! Hablamos de Athos, por supuesto. Hacía cinco o seis años que vivía en la mayor intimidad con sus compañeros Porthos y Aramis, y si estos recordaban haberle visto sonreír con frecuencia, nunca le habían oído reír. Era parco y expresivo en el hablar, y decía siempre lo que decir quería, ni una palabra más, sin adornos ni recamados. Su conversación era un suceso sin episodios.

Aunque Athos apenas frisaba los treinta y física y moralmente era de privilegiada hermosura, no se sabía que tuviese amante. Nunca hablaba de mujeres, pero no se oponía a que en su presencia hablaran de ellas, por más que era visible que semejantes conversaciones, en las que únicamente tomaba parte para soltar algunas palabras acerbas o tal cual noción misantrópica, le desagradaban del todo. Su reserva, su esquivez y su mutismo hacían de él casi un anciano; así pues, y para no modificar sus hábitos, había acostumbrado a Grimaud a obedecerle a un simple ademán, o a un sencillo movimiento de labios. Si le hablaba, era únicamente en circunstancias graves.




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