Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esto ya empieza a cobrar forma —dijo D’Artagnan.
—Ahora bien —prosiguió el desconocido—, mi mujer, que según lo estipulado tenÃa que venir a verme dos veces por semana, porque, como ya os he manifestado, me ama entrañablemente, estuvo en mi casa hace cuatro dÃas y me comunicó en confianza que en esos momentos la reina tenÃa grandes temores.
—¿De veras?
—Como os digo. Por lo que se ve, m. el cardenal la acosa como nunca. ¡Ah!, no le perdona la historia de la zarabanda.
¿Conocéis la historia de la zarabanda, vos?
—¡Que si la conozco! —respondió D’Artagnan, que la ignoraba de todo en todo, pero que querÃa aparentar que estaba al corriente.
—De modo que ahora ya no es el odio lo que mueve a m. el cardenal contra la reina, sino la venganza.
—¡De veras!
—Y la reina cree…
—¿Qué cree la reina?
—Que alguien ha escrito en su nombre a m. duque d Buckingham.
—¿En nombre de la reina?
—SÃ, para atraer aquà al duque, a ParÃs, y una vez en ParÃs, hacerle caer en algún lazo.