Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —SÃ, pero eso nada tiene que ver, digo mal, eso simplifica grandemente el asunto; si el hombre a quien os referÃs es el mismo a quien yo me refiero, mataré dos pájaros de un tiro, y nada más. Pero ¿dónde podré encontrar a ese sujeto?
—No lo sé.
—¿Ni tampoco dónde vive?
—Tampoco; una vez que acompañé a mi mujer al Louvre, él salÃa en el instante en que yo iba a entrar, y ella me lo mostró.
—Ta, ta, ta —murmuró D’Artagnan—, todo eso es muy vago. ¿Por quién habéis sabido el rapto de vuestra mujer?
—Por m. La Porte.
—¿Y ese señor os ha dado a conocer alguna circunstancia?
—Respecto del particular es tan ignorante como yo.
—¿Y por otro conducto nada habéis sabido?
—SÃ, ha llegado a mis manos…
—¿Qué?
—No sé si estoy cometiendo una gran imprudencia.
—¿Volvéis a las andadas? Sin embargo, ahora os haré observar que ya es demasiado tarde para retroceder.