Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Llevaba yo una capa descomunal —repuso Aramis.
—¡Diablos! —exclamó Porthos—. ¡Capa en el mes de julio! ¿Acaso el doctor teme que te conozcan?
—Comprendo que el espÃa se dejase engañar por el porte —profirió Athos—; pero el rostro…
—Casi me lo cubrÃa un gran sombrero —atajó Aramis.
—¡Por la vida del chápiro verde! —profirió Porthos—. ¡Cuántas precauciones para estudiar teologÃa!
—Señores, no perdamos el tiempo en chanzas —exclamó D’Artagnan—; salgamos cada cual por nuestro lado y busquemos a la mujer del mercero; esta es la clave de la intriga.
—¡Una mujer de calidad tan Ãnfima! ¿Y vos creéis, D’Artagnan…? —repuso Porthos, repulgando la boca con desdén.
—Es la ahijada de La Porte, criado de confianza de la reina. ¿No os lo he dicho ya? Además, puede que su majestad haya buscado esta vez, por cálculo, un apoyo tan humilde. A la gente encumbrada se la divisa a mucha distancia, y el cardenal tiene ojos de lince.
—Pues estipulad previamente el precio con el mercero, y cargad la mano —dijo Porthos.