Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Es inútil —repuso D’Artagnan—, pues aunque no nos pague, tengo para mí que por otro lado vamos a sacar buena ganancia.

En esto se oyó a alguien que subía precipitadamente la escalera, y abriéndose con gran estruendo la puerta, el desventurado mercero entró disparado en la pieza donde se estaba celebrando el consejo.

—¡Ah! Señores —exclamó Bonacieux—, salvadme, por Dios; ahí están cuatro hombres que vienen a prenderme. ¡Salvadme! ¡Salvadme!

Porthos y Aramis se levantaron.

—Alto —exclamó D’Artagnan, haciendo a sus amigos una seña para que dejasen en reposo las espadas, que ya habían desenvainado en parte—, lo que aquí hace falta no es valor, sino prudencia.

—Sin embargo —dijo Porthos—, no vamos a dejar…

—Dejaréis que D’Artagnan obre como más bien le cuadre, pues repito que es el que tiene la cabeza más bien organizada de todos nosotros —repuso Athos—; yo le obedezco. D’Artagnan, haz como quieras.

En este momento aparecieron en la puerta de la antesala los cuatro guardias, y al ver cuatro mosqueteros en pie y con espada al cinto, no se decidieron a entrar.

—Adelante, caballeros, adelante —profirió D’Artagnan—; estáis en mi casa, y todos somos servidores del rey y de m. el cardenal.


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