Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Entonces no os opondréis a que cumplamos las órdenes que hemos recibido? —preguntó el que parecía jefe de la escuadra.

—Al contrario, señores —repuso D’Artagnan—, y si menester fuere os prestaríamos ayuda.

—¿Qué está diciendo? —murmuró Porthos.

—Eres un necio —dijo Athos—, cállate.

—Pero vos me habéis prometido… —profirió en voz baja el infeliz mercero.

—Solo podemos salvaros permaneciendo libres —contestó rápidamente D’Artagnan, y también en voz baja—: si hiciésemos ademán de defenderos, nos arrestarían con vos.

—Aun así, me parece…

—Adelante, señores —repuso D’Artagnan en voz alta—; no tengo por qué defender al caballero. Hoy lo he visto por vez primera, y aun por lo que él mismo os dirá, para nada menos que para venir a reclamarme el alquiler. ¿No es así, m. Bonacieux?

—Es la pura verdad —respondió el mercero—; pero el señor se calla…

—Silencio respecto de mí y de mis amigos, y principalmente de la reina, o nos perdéis a todos sin salvaros a vos. Adelante, señores, podéis llevaros a este hombre.

Y D’Artagnan empujó al aturdido mercero hasta los guardias, diciéndole al mismo tiempo:


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