Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan se lanzó al sitio desenladrillado, se techó de bruces y escuchó.

Poco después se oyeron grandes voces, seguidas de gemidos que alguien intentaba sofocar. Ahora no se trataba de interrogatorio alguno.

—¡Diablos! —dijo para sí D’Artagnan—. Me parece que es una mujer: la registran y ella se resiste. ¡Ah! Infames, la violentan.

Y D’Artagnan, pese a su prudencia, hacía esfuerzos sobrehumanos para no tomar parte en la escena que se desenvolvía bajo él.

—Señores —exclamaba la infeliz mujer—, os digo que soy el ama de la casa, mm. Bonacieux, y que estoy al servicio de la reina.

—¡Mm. Bonacieux! —murmuró D’Artagnan—. ¡Caramba! ¿Tendré yo la fortuna de haber dado con lo que todo el mundo busca en vano?

—Precisamente a vos estábamos aguardando —profirieron los interrogadores.

La voz se hizo cada vez más sofocada, y resonaron algunos golpes en la entabladura. La víctima resistía cuanto le es dable a una mujer resistir a cuatro hombres.

—Perdón, señores, per… —murmuró la voz, que ya no volvió a proferir más que sonidos inarticulados.


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