Los Tres Mosqueteros

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Luego se encaminó a la puerta, y dio un aldabazo mientras decía para sí: Voy a hacerme coger a mi vez en la ratonera, y ¡ay de los gatos que se rocen con este ratón! Apenas hubo resonado la aldaba bajo la mano del mozo, cesó el alboroto, alguien se acercó, se abrió la puerta, y D’Artagnan entró disparado y espada en mano en la habitación de maese Bonacieux, mientras tras él y como por arte de magia volvía a cerrarse la puerta.

Los que aun habitaban en la desgraciada casa del mercero y los que en las casas contiguas vivían oyeron entonces gritos, patadas, choque de aceros y una prolongada fractura de muebles. Poco después, los que, sorprendidos por tal zipizape, se asomaran a las ventanas para indagar el origen del alboroto, vieron como la puerta de la calle se abría de nuevo y por ella salían, no corriendo, sino volando, cual cuervos espantados, cuatro hombres vestidos de negro, sembrando por el suelo y dejando en las esquinas de las tablas parte de las plomas de sus alas, quiero decir, jirones de sus trajes y trozos de sus capas.





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