Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Si vale decir la verdad, D’Artagnan habÃa vencido sin gran esfuerzo, pues solo uno de los alguaciles iba armado, y aun este se defendió por guardar las formas. Cierto es que los otros tres intentaron machucar al mozo con sillas, taburetes y cacharros, pero bastó que aquel les hiciera dos o tres arañazos con su tizona para que no supiesen dónde meterse. Diez minutos habÃan bastado para su derrota y para que D’Artagnan quedase dueño del campo de batalla.
Los vecinos, que abrieran sus respectivas ventanas con la flema peculiar de los habitantes de ParÃs en aquellos tiempos de motines y pendencias perennes, volvieron a cerrarlas en cuanto vieron huir a los cuatro hombres negros, pues su instinto les decÃa que por el momento todo habÃa concluido.
Además, iba haciéndose tarde, y entonces como ahora los vecinos del barrio del Luxembourg se acostaban temprano.
Una vez a solas con mm. Bonacieux, D’Artagnan se volvió hacia ella: la pobre estaba echada en una silla de brazos y casi desmayada.