Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El mozo examinó con rápida mirada a la esposa del mercero, y vio que era mujer de veinticinco a veintiséis años, pelinegra, de ojos azules y nariz un tanto respingona, dientes preciosÃsimos y cutis de ópalo y rosa. Sin embargo, ahà acababan las señales que podÃan hacerla pasar por dama de cuenta. Las manos, las tenÃa blancas, pero no delicadas, y los pies no eran de mujer de calidad. Por fortuna, D’Artagnan no estaba aún en el caso de preocuparse con tales zarandajas.
Cuando el examen de D’Artagnan llegó a los pies de la mujer de Bonacieux, reparó en el suelo un rico pañuelo de batista, y al recogerlo, según su costumbre, vio y conoció en uno de los picos de la prenda la misma cifra que viera en el pañuelo que por poco le pone a matarse con Aramis.
Desde que le ocurriera el lance con el mosquetero, al mozo le inspiraban grandÃsima desconfianza los pañuelos blasonados; asà pues metió en el bolsillo de mm. Bonacieux el que acababa de recoger.
En ese instante la desmayada se recobró, abrió los párpados, paseó a su alrededor una mirada de espanto, y al ver que en la habitación no habÃa nadie más que su libertador, se sonrió y le tendió las manos.
—¡Ah!, caballero —profirió mm. Bonacieux—, dejad que os muestre mi gratitud por haberme salvado.