Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Señora —dijo D’Artagnan—, no he hecho ni más ni menos de lo que habría hecho cualquier otro hidalgo en mi lugar; no me debéis, pues, ninguna demostración de gratitud.

—Por supuesto que sí, señor, y espero probaros que no os las habéis con una ingrata. Pero ¿qué querían de mí esos hombres, a quienes de pronto he tenido por ladrones, y por qué no está aquí mi esposo?

—Señora —respondió D’Artagnan—, esos hombres eran imponderablemente más peligrosos que si hubiesen sido ladrones, pues son agentes del cardenal; y en cuanto a vuestro esposo, no está aquí porque ayer vinieron a arrestarlo para conducirlo a la Bastille.

—¡Mi esposo en la Bastille! ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué ha hecho? ¡Pobre hombre! ¡Él, la encarnación de la inocencia! —exclamó mm. Bonacieux, por cuyo rostro, todavía despavorido, vagó algo así como una sonrisa.

—¿Qué ha hecho, preguntáis? —repuso el gascón—. A mi entender su único crimen consiste en tener la dicha y la desdicha de ser vuestro marido.

—Entonces vos sabéis…

—Que os han raptado, señora.

—¿Y por quién? ¿Lo sabéis vos? ¡Oh! Si lo sabéis, decídmelo.


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