Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Nada temáis, señor —respondió Planchet—, todavÃa no me conocéis; cuando me arremango, ni el Cid; para mÃ, todo es empezar; además, soy picardo.
—Quedamos, pues, en que antes te quitarán la vida que abandonarás tu puesto —dijo D’Artagnan.
—SÃ, señor —contestó Planchet—, y no repararé en sacrificios para probaros cuánta devoción os profeso.
Parece que el método que he empleado con ese quÃdam es el mejor, dijo para sà D’Artagnan: volveré a echar mano de él cuando llegue el caso.
Y con toda la celeridad que le permitieron sus ya fatigadas piernas, D’Artagnan se encaminó a la rue du Vieux Colombier.
M. de Tréville no estaba en su palacio, sino en el Louvre, donde daba guardia su compañÃa; pero como a D’Artagnan le urgÃa ver al capitán de los mosqueteros, como importaba grandemente que este supiese lo que ocurrÃa, el mozo resolvió probar si podÃa introducirse en el Louvre, máxime cuando debÃa facilitarle la entrada en él su uniforme de guardia de la compañÃa de m. Des Essarts.