Los Tres Mosqueteros

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Ya en el patio, el duque y la joven anduvieron unos veinticinco pasos, arrimados a la pared; luego, mm. Bonacieux empujó una puertecita de servicio, abierta durante el día, pero generalmente cerrada por la noche. La puerta cedió, y ambos entraron y se encontraron en tinieblas, pero la mercera, que conocía todas las vueltas y revueltas de aquella parte del Louvre, destinada a los criados, cerró las puertas tras de sí, cogió por la mano al duque, avanzó, a tientas algunos pasos, asió una barandilla, tocó con el pie un peldaño y empezó a subir una escalera, no parando el ascenso hasta que, según le pareció al duque, hubieron llegado al piso segundo; luego dobló a la derecha, atravesó un largo pasillo, descendió un piso, avanzó algunos pasos más, introdujo una llave en una cerradura, abrió una puerta y, empujando al duque y haciéndole entrar en un aposento alumbrado únicamente por una mariposa, le dijo:

«No os mováis de aquí, milord, pronto vendrán». Luego mm. Bonacieux salió por la misma puerta y la cerró con llave, de manera que el duque quedó literalmente preso.





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