Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros En esto se abrió una puerta escondida tras el entapizado, y apareció una mujer que arrancó un grito a Buckingham, que vio reflejada en la luna del espejo la aparición, que no era otra que la reina.
Ana de Austria tenía en aquel entonces veintiséis o veintisiete años, y estaba en todo el esplendor de su peregrina hermosura. Su andar era el de una soberana, el de una diosa; sus ojos, que despedían chispas esmeraldinas, eran divinos y de ellos emanaba un torrente de dulzura y de majestad. La boca, la tenía pequeña y sumamente encarnada, y aunque ligeramente belfa, como la de los príncipes de la casa de Austria, al sonreír era graciosísima, tanto cuanto desdeñosa cuando era intérprete del menosprecio.
Por su finura y por aterciopelado, el cutis de la reina era citado con encomiásticas frases; y si las prendas físicas que acabamos de citar le parecen pocas al lector, agregue a ellas unos brazos dignos del cincel de Fidias y cantados como incomparables por todos los poetas de aquel tiempo, y unos cabellos, rubios años antes, que se habían vuelto castaños, y que distribuidos en ralos bucles y sumamente empolvados, formaban un admirable marco a su rostro, al cual el censor más riguroso no habría hallado más que un ligerísimo exceso de afeites, y el estatuario más descontentadizo otro defecto que una leve incorrección en la nariz.