Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Buckingham quedó, pues, deslumbrado por un instante; nunca, en bailes, fiestas y torneos, Ana de Austria le había parecido tan hermosa como en aquel momento, envuelta en una sencilla bata de raso blanco y acompañada de doña Estefanía, única mujer española de su servidumbre que no hubiese sido despedida por los celos del rey y por las persecuciones de Richelieu.
Ana de Austria se adelantó dos pasos, y antes de que le fuese dable impedirlo, ya Buckingham se había precipitado a sus pies y había besado la orla de su bata.
—Duque, os consta ya que no soy yo quien ha mandado escribiros —dijo la reina.
—¡Oh! Lo sé, señora, lo sé, majestad —exclamó el duque—; he sido un loco, un insensato al darme a entender que la nieve se animaría, que el mármol cobraría calor; pero cuando uno ama, cree fácilmente en el amor; por otra parte, no lo he perdido todo en este viaje, pues os veo.