Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No he dicho lo que he dicho para asustaros, señora —repuso Buckingham—; y aun lo que os he dicho es una ridiculez. Tened por seguro que no me preocupan tales imaginaciones. Pero la frase que acaba de escaparse de vuestros labios, la esperanza que casi me habéis dado, serán suficiente recompensa a todo, incluso a mi vida.
—Pues bien, duque —repuso Ana de Austria—, también yo tengo presentimientos y sueños. El otro dÃa soñé que os veÃa tendido y ensangrentado, con una herida…
—En el costado izquierdo, inferida con un cuchillo, ¿no es verdad? —interrumpió Buckingham.
—SÃ, esto es, milord, en el costado izquierdo, inferida con un cuchillo. ¿Quién puede haberos declarado mi sueño? Únicamente lo he confiado a Dios, y en mis plegarias.
—No quiero saber más, señora, vos me amáis.
—¡Que yo os amo!
—SÃ, señora, porque ¿os enviarÃa Dios a vos los mismos sueños que a mà si no me amarais? ¿TendrÃamos los dos los mismos presentimientos, si nuestras existencias no estuviesen atadas por los vÃnculos del corazón? ¡Oh!, reina, me amáis y me lloraréis.