Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —profirió Ana de Austria—, esto es superior a mis fuerzas. Duque, por la Virgen SantÃsima, partid; no sé si os amo o no os amo, pero sà sé que no seré perjura. Compadeceos de mÃ; idos. ¡Oh!, si os hiriesen en Francia, si en Francia murieseis, si llegase yo a suponer que la causa de vuestra muerte fuese el amor que me profesáis, no habrÃa consuelo para mÃ, se me trastornarÃa la razón. Partid, pues, con toda el alma os lo ruego.
—¡Qué hermosa estáis asÃ, señora! ¡Oh! ¡Cuánto os amo! —dijo Buckingham.
—Por favor, milord, partid, partid y volved más adelante; volved como embajador, como ministro, pero rodeado de guardias que os defiendan, de servidores que velen por vos, y entonces no temeré por vuestra vida, y tendré la ventura de volver a veros.
—¡Oh! ¿Es realmente verdad lo que decÃs, señora?
—SÃ…
—Pues bien, dadme una prenda que justifique vuestra indulgencia, un objeto que proceda de vos y me recuerde que no he estado soñando; algo que hayáis usado y que pueda yo llevarlo a mi vez, una sortija, un collar, una cadena.
—Y si accedo a lo que me pedÃs, ¿vais a partir?
—SÃ, señora.