Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Al instante?
—Al instante.
—¿Y volveréis a Inglaterra?
—Os lo juro.
—Aguardaos pues.
Ana de Austria entró en sus habitaciones, y al poco regresó trayendo en la mano un cofrecito de palo de rosa con su cifra, incrustado de oro.
—Tomad, milord —dijo la reina—, guardadlo en memoria de mÃ.
Buckingham tomó el cofrecito y por segunda vez hincó la rodilla.
—Me habéis prometido partir —dijo Ana de Austria.
—Y cumpliré mi palabra. Dadme vuestra mano, señora, y parto.
La reina tendió su diestra, cerrando los ojos y apoyándose con la izquierda en doña EstefanÃa, pues conoció que iban a faltarle las fuerzas.
Buckingham besó con pasión la hermosa mano de la soberana, y levantándose, profirió:
—Si no muero antes, no se pasarán seis meses sin que haya vuelto a veros, señora, aun cuando para conseguirlo deba trastornar al mundo.