Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Dos guardias se apoderaron del mercero, le hicieron atravesar un patio y entrar en un corredor en el que había tres centinelas, y luego de abrir una puerta, de un empujón lo echaron en una pieza baja de techo, en la que no se veían otros muebles que una mesa, una silla y un comisario que estaba sentado en la silla, ocupado en escribir sobre la mesa. Los guardias condujeron al preso ante la mesa, lo dejaron allí y se alejaron fuera del alcance de la voz del comisario. Este, que hasta entonces había estado de hocicos sobre sus papeles, levantó la cabeza para ver con quién tenía que habérselas.

Era, el tal comisario, hombre de rostro avinagrado, nariz puntiaguda, pómulos amarillos y abultados, ojos de ratón, pero investigadores y vivos, y fisonomía que así recordaba a la garduña como a la zorra; la cabeza, sostenida por un cuello largo y movible, le arrancaba de una holgada y negra toga y se balanceaba poco más o menos como la de la tortuga cuando este anfibio la saca de su carapacho.

El comisario empezó por preguntar a Bonacieux su nombre y apellido, edad, estado y domicilio; a lo cual el acusado respondió que se llamaba Jacques-Michel Bonacieux, tenía cincuenta y un años de edad, era mercero retirado, y vivía en la rue des Fossoyeurs, número once.


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