Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Entonces, el comisario, en vez de continuar el interrogatorio, echó a Bonacieux un largo discurso sobre el peligro que, para un ciudadano oscuro, hay en inmiscuirse en los asuntos públicos.
El comisario complicó el exordio con una exposición en la cual hizo resaltar el poder y los actos de m. el cardenal, ministro incomparable, vencedor de todos los ministros pasados y ejemplo de los venideros: actos y poder a que nadie se oponía impunemente.
Después de la parte segunda de su discurso, fijó el comisario su mirada de gavilán en el pobre mercero, y le invitó a que reflexionase sobre la gravedad de su situación.
Bonacieux, que ya lo había reflexionado todo, daba al diablo la hora en que a m. La Porte se le ocurriera casarlo con su ahijada y, principalmente, la hora en que esta fuera admitida al servicio de la reina.
En la esencia, el mercero era egoísta, sórdido y cobarde, y como el amor que le inspirara su joven esposa no tenía para él más que una importancia secundaria, de ahí que semejante amor desapareciera ante las cualidades de carácter que hemos enumerado.
—Señor comisario —dijo con frialdad Bonacieux, que efectivamente reflexionó sobre lo que aquel acababa de decirle—, tened la certidumbre de que conozco y aprecio como el que más el mérito de la incomparable eminencia por la cual tenemos la dicha de ser gobernados.