Los Tres Mosqueteros

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—¿Os la han robado? —dijo el comisario—. ¡Ah, ya! Bonacieux conoció por este «¡ya!» que el asunto se embrollaba cada vez más.

—¡Os la han robado! —continuó el comisario—. ¿Y sabéis quién es el raptor?

—Creo conocerle, aunque de vista.

—¿Quién es?

—Mirad que no afirmo nada en concreto, señor comisario, y que solo se trata de una sospecha.

—¿Qué sospecháis? Veamos; responded francamente.

M. Bonacieux se hallaba sumido en la mayor perplejidad. ¿Debía negarlo todo, o confesarlo todo? Negándolo todo, podían creer sus esbirros que sabía demasiado para confesarlo. Diciéndolo todo, daba pruebas de buena voluntad. Por consiguiente, se decidió por esta última solución.

—Sospecho —dijo— de un hombre alto, moreno, de buena presencia y que tiene todo el aspecto de un gran señor. Nos ha seguido muchas veces, según me parece, cuando yo aguardaba a mi esposa delante de la verja del Louvre para llevarla a mi casa.

El comisario pareció experimentar alguna inquietud.

—¿Y su nombre? —dijo, aguzando aún más la mirada y el oído.


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