Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Ay de mÃ! —murmuró el mercero—, sobre mi cabeza se cierne la desventura; mi mujer habrá cometido un crimen espantoso, y me tienen por cómplice suyo, y me condenarán con ella. Lo habrá declarado todo, y confesado que me habÃa puesto al corriente… ¡Es tan débil la mujer!… ¡Un calabozo! ¡Cualquiera! SÃ, una noche pronto pasa; y mañana, a la rueda, a la horca… ¡Oh! ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! ¡Apiadaos de mÃ!
Los dos guardias asieron de Bonacieux cada cual por un brazo, y sin escuchar los lamentos del desdichado, lamentos a que, por lo demás, debÃan de estar acostumbrados, se lo llevaron consigo, mientras el comisario escribÃa apresuradamente una carta que su escribano estaba aguardando.
Bonacieux no pegó ojo, no porque su calabozo fuese desagradable en demasÃa, sino porque no podÃa con la zozobra que lo embargaba. El pobre pasó la noche entera sentado en su escabel y estremeciéndose al más leve rumor. Cuando la primera luz diurna se deslizó en su aposento, le pareció que la aurora habÃa tomado fúnebres tintas.
De improviso, Bonacieux oyó descorrer los cerrojos, y tuvo un sobresalto terrible, pues creyó que venÃan por él para llevárselo al patÃbulo, pero al ver que en vez del verdugo eran el comisario y su escribano los que entraban, sintió impulsos de echarles los brazos al cuello.