Los Tres Mosqueteros

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—Vuestro proceso se ha enmarañado extraordinariamente desde anoche, amigo mío —dijo el comisario a Bonacieux—, y para vuestro bien os aconsejo que digáis la verdad, pues solo vuestro arrepentimiento puede evitar la irritación de su eminencia.

—Estoy pronto a decirla, por lo menos cuanto sé —exclamó el mercero—. Interrogadme, os lo ruego.

—Ante todo es menester que declaréis dónde está vuestra mujer.

—¿No os dije ya que me la habían robado?

—Pero gracias a vos se escapó ayer a las cinco de la tarde.

—¡Que mi mujer se ha escapado! —profirió Bonacieux—. ¡Oh! ¡Desventurada! Pero, señor, si se ha escapado no ha sido por culpa mía.

—¿Qué fuisteis a hacer, pues, a casa de m. D’Artagnan, vuestro inquilino, con quien durante el día celebrasteis una larga entrevista?

—Es verdad que fui a donde decís, señor comisario, y confieso que obré mal.

—¿Con qué fin hicisteis tal visita?

—Con el de rogar a m. D’Artagnan que me ayudara a encontrar a mi mujer. Creía que me asistía derecho a reclamarla, pero, por lo que se ve, anduve desacertado, y por ello os pido mil perdones.

—¿Y qué os respondió m. D’Artagnan?


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