Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Ah!, señor comisario —profirió el mercero—, ¡cuán equivocado andáis! A fe de cristiano que no sé palabra de cuanto debía hacer mi mujer, que no tengo arte ni parte alguna en lo que ella hace, y que reniego de ella, y la desmiento y la maldigo si comete necedades.

—Si ya no necesitáis de mí, despachadme adonde os agradare, pues ese m. Bonacieux está insufrible —dijo Athos al comisario.

—Conducid a los presos a sus respectivos calabozos, y que se redoble sobre ellos la vigilancia —profirió el comisario, designando con el mismo ademán a Athos y al mercero.

—No obstante —repuso Athos con su calma habitual—, si tenéis que habéroslas con m. D’Artagnan, no acierto a ver en qué puedo sustituirlo.

—Haced lo que os digo —exclamó el comisario, dirigiéndose a los guardias—, y sobre todo punto en boca. ¿Habéis oído?

Athos siguió a sus guardias, encogiendo los hombros, y m. Bonacieux, lanzando lamentaciones capaces de partir el corazón de un tigre.

Serían las nueve de la noche cuando el mercero, en el instante en que se decidía a meterse en la cama, oyó rumor de pasos en el corredor, y al poco vio abrirse la puerta de su calabozo, en cuyo umbral aparecieron algunos guardias.


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