Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Seguidnos —dijo a Bonacieux un exento que venía detrás de aquellos.

—¡Que os siga! ¡A estas horas! ¿Y adónde? —exclamó el mercero.

—A donde tenemos la orden de llevaros.

—Esto no es una respuesta.

—No podemos daros otra.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Ahora sí que para mí no hay remedio! —murmuró el mercero, siguiendo maquinalmente y sin resistencia a los guardias.

Bonacieux tomó el mismo corredor que la otra vez, atravesó un patio y un cuerpo de fábrica, y al llegar a la puerta del patio de ingreso vio un coche rodeado de cuatro guardias montados, al que le hicieron subir. El exento se sentó junto al infeliz, cerraron con llave la portezuela, y preso y custodio se hallaron en una prisión rodadera.

El carruaje echó a andar con la lentitud de un coche fúnebre. A través de la reja cerrada con candado, el preso veía las casas y los adoquines, pero nada más; sin embargo, Bonacieux, que era parisiense castizo, reconocía las calles por los guardacantones, los letreros y los faroles.


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