Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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En el instante en que el coche pasó por delante de Saint-Paul, lugar donde ejecutaban a los reos que salían de la Bastille, el mercero se signó dos veces y casi se desmayó; tan por cierto tuvo que el coche iba a detenerse allí.

No obstante, el coche siguió adelante, y así que hubo recorrido cierta distancia, el preso sintió otra vez un terror profundo, y fue cuando la prisión ambulante pasó a lo largo de la tapia del cementerio de Saint-Jean, donde enterraban a los reos de Estado. Solo una cosa le tranquilizó un poco, y fue el pensar que a dichos reos, antes de enterrarlos solían cortarles la cabeza, y él todavía sustentaba la suya sobre sus hombros. Sin embargo, al ver que el coche tomaba el camino de la Grève, al divisar los puntiagudos tejados de las casas consistoriales, al notar que el coche se internaba en la arcada, se tuvo por muerto y le dio por confesarse con su custodio, que esquivó el entrometerse en lo que no le atañía. Entonces Bonacieux empezó con unos gritos tan lastimeros, que el exento le previno que de continuar asordándole de aquella suerte, le amordazaría.





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