Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Esta amenaza sosegó a Bonacieux, porque de haber tenido que ejecutarlo en Grève, no valía la pena de que lo amordazaran; no estaban más que a un paso del teatro de la ejecución. En efecto, el coche cruzó, sin detenerse, la fatídica plaza. Ya no podía inspirar temores al mercero más que la Croix-du-Trahoir, y precisamente aquel fue el camino que tomó el carruaje.
Ahora ya no cabían dudas; la Croix-du-Trahoir era el sitio donde ejecutaban a los criminales de chicha y nabo. ¡Ah! Bonacieux había sido bastante presuntuoso para tenerse por digno de Saint-Paul o de la place de Grève, y su viaje y su vida iban a terminar en la Croix-du-Trahoir. El mercero no podía ver aún la funesta cruz, pero como si oliese que le salía al encuentro.
A unos veinte pasos de aquel lugar de muerte, el coche se detuvo.
Bonacieux, al notar la parada y al oír cierto rumor, y ya abrumado por las sucesivas emociones que lo trastornaran, no pudo soportar este último golpe; exhaló un débil gemido, que podría haberse tomado por el último suspiro de un moribundo, y se desmayó.