Los Tres Mosqueteros

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XIV

EL HOMBRE DE MEUNG

La concurrencia de gentes en la Croix-du-Trahoir era motivada no por la espera de un hombre a quien debían ahorcar, sino por la contemplación de un ahorcado.

El coche, detenido por un instante, anudó pues su marcha, pasó a través de la muchedumbre, tomó la rue de Saint-Honoré, entró en la rue des Bons-Enfants, y paró ante una puerta chata, que se abrió al punto para dar salida a dos guardias, que después de recibir en sus brazos a Bonacieux, sostenido por el exento, lo empujaron hacia un pasillo, le hicieron subir una escalera y lo dejaron en una antesala.

Bonacieux realizó como un verdadero autómata los actos de los que acabamos de hablar. Anduvo como andamos en sueños; columbró los objetos como a través de la niebla y oyó sin discernir lo que oía; en aquel instante, podrían haberlo ejecutado sin que hubiese hecho un ademán en su defensa ni lanzado una voz para implorar misericordia.

De esta suerte se quedó sentado en la banqueta en que lo dejaron, con la espalda arrimada a la pared y los brazos colgando.


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