Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Con todo eso, como al tender en torno de sà la mirada no vio objeto alguno temible; como no percibió cosa alguna que le indicara que corriese peligro real, y, además, la banqueta estaba bien rehenchida, la pared cubierta con un hermoso cuero de Cordoue, y ante la ventana ondulaban grandes colgaduras de rojo damasco sujetadas con abrazaderas de oro, poco a poco comprendió que su terror era exagerado, y empezó a mover la cabeza a derecha y a izquierda y de arriba abajo.
Este movimiento, al que no se opuso persona alguna, reanimó un tantico a Bonacieux, que se aventuró a encoger primero una pierna, luego la otra, hasta que, por último, y con ayuda de las manos, se levantó y se puso en pie.
En esto un oficial de porte distinguido abrió una mampara, continuó cruzando algunas palabras con una persona de la estancia contigua, y volviéndose hacia el preso, le preguntó:
—¿Sois vos quien os llamáis Bonacieux?
—Para servir a su merced, señor oficial —balbuceó el mercero, más muerto que vivo.
—Entrad —dijo el oficial, haciéndose a un lado para que pudiese pasar el mercero.
Este obedeció sin chistar, y entró en la pieza donde al parecer le estaban aguardando.