Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Válgame Dios! —exclamó el mercero—; ¿qué ha sido, pues, de ella?
—Sosegaos, ya lo sabremos; al cardenal no se le oculta nada; todo lo sabe.
—En este caso, monseñor, ¿estimáis que el cardenal consentirá en decirme qué ha sido de mi mujer?
—Puede que sÃ; pero en primer lugar es preciso que declaréis cuanto sepáis respecto a las relaciones de vuestra mujer con mm. de Chevreuse.
—Sobre el particular nada sé, monseñor; en mi vida he visto a esa dama.
—Cuando ibais por vuestra mujer al Louvre, ¿regresaba esta directamente a vuestra casa?
—Casi nunca; siempre tenÃa negocios pendientes con mercaderes de telas, a cuyos domicilios yo la conducÃa.
—¿Y cuántos eran esos mercaderes?
—Dos, monseñor.
—¿Dónde viven?
—Uno en la rue de Vaugirard, y el otro en la rue de La Harpe.
—¿Entrabais vos con ella en sus casas?
—Nunca, monseñor; la aguardaba en la puerta.
—¿Y qué pretexto os daba vuestra mujer para entrar sola?
—¿Pretexto?, no me daba ninguno; me decÃa que me aguardara y yo aguardaba.