Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Vuestra mujer dijo eso? —exclamó con arrebato el cardenal.
—SÃ, monseñor; pero yo le repliqué que hacÃa mal en hablar de tal suerte, y que su eminencia era incapaz de…
—Callaos, sois un mentecato —profirió Richelieu.
—Esto mismo me respondió mi mujer, monseñor.
—¿Sabéis quién secuestró a vuestra mujer?
—No, monseñor.
—Sin embargo, alentáis sospechas.
—SÃ, monseñor; pero como tales sospechas han contrariado, al parecer, al señor comisario, ya no las tengo.
—¿SabÃais vos que vuestra mujer se hubiese escapado?
—No, monseñor; lo he sabido después de preso, y también por conducto del señor comisario, que por cierto es hombre amabilÃsimo.
—Entonces ¿ignoráis qué ha sido de vuestra mujer después que se ha fugado? —preguntó el cardenal, reprimiendo una segunda sonrisa.
—De todo punto, monseñor; pero apostarÃa que ha vuelto al Louvre.
—A la una de la madrugada aún no habÃa regresado a palacio.