Los Tres Mosqueteros

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El oficial cogió de sobre la mesa los papeles designados, los entregó a quien se los pidiera y salió después de haber hecho una gran reverencia con la cabeza a su eminencia.

Bonacieux conoció que aquellos papeles no eran otros que su interrogatorio de la Bastille.

De cuando en cuando, Richelieu desviaba los ojos del escrito para indagar en el corazón del mercero.

Al cabo de diez minutos de lectura y de diez segundos de examen, el cardenal ya sabía a qué atenerse.

Esa cabeza nunca ha conspirado, dijo para sí Richelieu; pero no importa, probemos. Y, levantando la voz y con toda lentitud, se dirigió a Bonacieux en estos términos:

—Estáis acusado de alta traición.

—Así me lo han manifestado ya, monseñor —exclamó el mercero, dando a su interrogador el tratamiento que oyera al oficial darle—, pero a fe de bueno que me ha cogido de sorpresa la noticia.

—Habéis conspirado con vuestra mujer, con mm. de Chevreuse y con milord duque de Buckingham.

—En efecto, le he oído pronunciar a mi mujer todos esos nombres, monseñor —contestó Bonacieux.

—¿Cuándo?

—Decía mi mujer que el cardenal de Richelieu había atraído al duque de Buckingham a París para causar su ruina y la de la reina.


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