Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El personaje del que acabamos de hacer mérito era Armand-Jean du Plessis, cardenal de Richelieu, no tal cual nos lo pintan, cascado como un viejo, doliente como un mártir, con el cuerpo quebrantado, la voz apagada, enterrado en descomunal sillón como en una tumba anticipada, alentado solo por la energÃa de su intelecto, y no sosteniendo ya la lucha con Europa más que con la eterna aplicación de su pensamiento; sino tal cual era en aquel entonces, es decir, sagaz y caballeroso, ya endeble, pero sostenido por aquella energÃa moral que hizo de él uno de los hombres más extraordinarios que hayan existido; preparándose, en fin, para llevar a cabo el sitio de La Rochelle, después de haber sostenido al duque de Nevers en su ducado de Mantua, tomado Nîmes, Castres y Uzès, y echado de la isla de Ré a los ingleses.
A primera vista, señal alguna indicaba, pues, que aquel hombre fuese el cardenal, y a los que no lo conocÃan personalmente les era imposible adivinar en presencia de quién estaban.
El pobre mercero se quedó clavado en el umbral mientras Richelieu fijaba los ojos en él como quien trata de leer en los más oscuros senos de lo pasado.
—¿Ese es Bonacieux? —preguntó el cardenal tras un corto silencio.
—SÃ, monseñor —respondió el oficial.
—Está bien, dadme esos papeles y dejadnos.