Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Con todo eso, la reina se levantó y, con voz conmovida, dijo: «Señoras, vuelvo dentro de diez minutos; aguardadme». Luego abrió una puerta de su alcoba, y desapareció por ella.
—¿Por qué no fue a avisaros inmediatamente mm. de Lannoy?
—Aún era imposible afirmar cosa alguna; además, la reina habÃa dicho que la aguardaran, y mm. de Lannoy no se atrevÃa a desobedecerla.
—¿Cuánto tiempo permaneció fuera de su dormitorio la reina?
—Tres cuartos de hora.
—¿No la acompañó alguna de las damas de su servidumbre?
—Únicamente doña EstefanÃa.
—Y luego ¿regresó al dormitorio?
—SÃ, monseñor, mas para tomar un cofrecito de palo de rosa con su cifra, y volverse a ir enseguida.
—Y cuando, más tarde, regresó, ¿no volvió con el cofrecito?
—No, monseñor.
—¿Sabe mm. de Lannoy qué contenÃa el cofrecito aquel?
—Los herretes de diamantes que su majestad dio a la reina.
—¿Y decÃs que esta regresó sin el cofrecito?
—SÃ, monseñor.