Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El capitán se inclinó respetuosamente con satisfacción no exenta de temor; más que aquella repentina condescendencia, hubiera preferido una oposición obstinada por parte de Richelieu.
Luis XIII firmó la orden de puesta en libertad y Tréville se la llevó inmediatamente.
En el instante en que iba a salir, el cardenal le dirigió una sonrisa de amistad, y dijo al rey:
—Grande es la armonÃa que en vuestros mosqueteros reina entre jefes y soldados; esto es muy beneficioso para el servicio y nos honra verdaderamente a todos.
No tardará en jugarme alguna mala pasada, decÃa para sà Tréville, refiriéndose a Richelieu; con semejante hombre nunca quedan zanjadas las cuentas. Pero apresurémonos, no sea que el rey mude de consejo; al fin y a la postre, es más difÃcil volver a encarcelar en la Bastille o en el For-l’Êveque a un hombre que de allà ha salido, que conservar un preso que está ya bajo llave.
Tréville entró pomposamente en el For-l’Êveque, donde le entregaron el mosquetero, que ni por un instante habÃa perdido su admirable calma.
Luego, cuando vio de nuevo a D’Artagnan, el capitán le dijo:
—De buena habéis escapado, la estocada de Jussac ya está saldada. Ahora falta la de Bernajoux, pero idos con muchÃsimo tiento.