Los Tres Mosqueteros

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—M. Athos estará siempre dispuesto para responder a los golillas que le interroguen —repuso el capitán—. Nada temáis, m. cardenal, no desertará; respondo de él.

—La verdad es que no desertará —profirió el rey—, y que, como dice m. de Tréville, siempre y cuando se le busque se le encontrará. Por otra parte —añadió, bajando la voz y mirando con ojos de súplica a su eminencia—, así les infundimos confianza: esto es política.

—Ordenad, señor, disfrutáis de la regia prerrogativa del perdón —contestó Richelieu, a quien hizo sonreír la política de Luis XIII.

—La regia prerrogativa del perdón no se aplica más que a los culpables —exclamó Tréville, que quería tener la última palabra frente a su adversario—, y mi mosquetero es inocente. Por lo tanto, señor, no es gracia, sino justicia la que vais a hacer.

—¿No está encerrado en el For-l’Êveque? —preguntó el rey.

—Sí, señor, e incomunicado en una mazmorra como el más empedernido de los criminales.

—¡Diablos! —murmuró el monarca—. ¿Qué hay que hacer?

—Firmar la orden de suelta; no se necesita más —dijo el cardenal—; creo, como vuestra majestad, que la garantía de m. de Tréville es más que suficiente.


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