Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Os callaréis, gascón testarudo? —profirió el rey.
—Señor —respondió Tréville sin bajar la voz—, ordenad que me sea devuelto mi mosquetero, o que lo juzguen.
—Lo juzgarán —dijo Richelieu.
—Mejor —repuso Tréville—, porque en este caso solicitaré de su majestad el permiso de abogar por él.
—Siempre y cuando a su eminencia no le asistan razones personales en contra —repuso el rey, que temió un estallido.
—Perdonad —profirió el cardenal, que vio venir al rey y se le anticipó—; desde el instante en que vuestra majestad me tiene por juez apasionado, me retiro.
—Vamos a ver —dijo el monarca al capitán—, ¿me juráis por mi padre que m. Athos estaba en vuestra casa mientras ocurrió el lance, y que en él no tomó parte alguna?
—Os lo juro por vuestro glorioso padre y por vos, que sois lo que más amo y venero en el mundo.
—Dignaos reflexionar, señor —profirió Richelieu—. Si de esta suerte soltamos al preso, será ya imposible conocer la verdad.