Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Con todo eso —repuso Tréville—, es muy triste que en los desventurados tiempos que corremos, la vida más pura, la virtud más incontestable, no eximan de la persecución y de la infamia a un hombre. ¡Ah!, poco satisfecho estará el ejército, y de ello respondo, al verse convertido en blanco de rigurosos tratos a propósito de expedientes de policÃa.
La frase era imprudente; pero Tréville la habÃa soltado con entero conocimiento de lo que decÃa. Deseaba una explosión, porque de esta suerte la mina produce llama, y la llama alumbra.
—¡Expediente de policÃa! —exclamó el rey, recogiendo las palabras del capitán—; ¿qué sabéis vos? Cuidaos de vuestros mosqueteros, y no me quebrantéis la cabeza. Al oÃros, cualquiera dirÃa que del arresto de un mosquetero pende la salvación de Francia. ¡Cuánto ruido por un mosquetero! Por Dios Santo, que si me atufo mando arrestar, no digo a diez, sino a cien, incluso a toda la compañÃa, y cuidado con chistar.
—Desde el preciso instante en que vuestra majestad sospecha de ellos, los mosqueteros son culpables —dijo Tréville—; asà pues, señor, os entrego mi espada; porque después de haber acusado a mis soldados, m. el cardenal acabarÃa por acusarme a mà mismo. Vale más, pues, que yo me dé por arrestado con m. Athos, que ya está preso, y con m. D’Artagnan, a quien indudablemente van a prender.