Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Realmente, lo ignoraba, señor. Sea lo que fuere, aunque toda ella sea sospechosa, niego que se haya hecho acreedora de tal nota la parte que habita m. D’Artagnan; porque puedo afirmaros, señor, que, de dar crédito a lo que él mismo dice, no existe servidor más abnegado de vuestra majestad, ni un admirador más entusiasta de m. el cardenal.
—¿Ese D’Artagnan no es quien hirió a Jussac en la refriega que ocurrió tiempo atrás junto al convento de los Carmes-Deschaux? —preguntó el rey, mirando al cardenal, que se sonrojó de despecho.
—Y a Bernajoux al dÃa siguiente. SÃ, señor, es el mismo. Vuestra majestad tiene una memoria feliz.
—Vamos a ver, ¿qué resolvemos? —dijo el rey.
—Esto atañe a vuestra majestad más que a mà —repuso el cardenal—. Yo afirmarÃa la culpabilidad.
—Y yo la niego —profirió Tréville—; pero su majestad tiene jueces, sus jueces decidirán.
—Esto es —dijo el soberano—; que conozcan de la causa los jueces: a ellos corresponde fallar, y fallarán.