Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El mozo empezó a buscar con gran paciencia la consabida carta, registró una y otra vez sus faltriqueras y bolsillos, los volvió del revés, escudriñó y volvió a escudriñar su talego, abrió y cerró su bolsa para de nuevo abrirla y cerrarla. Pero cuando tuvo el convencimiento de que la carta había desaparecido, le dio por tercera vez un arrebato de coraje que por poco le ocasiona un nuevo gasto de vino y aceite aromatizados al mesonero, el cual, al ver que el mozo se atufaba y amenazaba con no dejar en el mesón títere con cabeza si la carta no aparecía, se había ya pertrechado de un chuzo, su mujer de un mango de escoba y los criados de las mismas varas que usaron la antevíspera.
—¡Mi carta de recomendación! —vociferaba D’Artagnan—. ¡Mi carta de recomendación! O por Dios vivo que os espeto a todos como hortelanos.
Por desgracia, una circunstancia se oponía a que el mozo cumpliese sus amenazas, y era que como hemos dicho, en su primera refriega su espada se rompió en dos pedazos. Resultó, pues, que cuando D’Artagnan quiso efectivamente tirar de su acero, se encontró solamente armado de un trozo de espada no más largo de ocho a diez pulgadas, que el mesonero había metido cuidadosamente en la vaina después de hurtar el resto de la hoja para labrar con él un asador.