Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Sin embargo, es probable que tal decepción no hubiese detenido al fogoso joven si el mesonero, que consideró que la reclamación que se le hacía era por demás justa, no hubiese depuesto su chuzo y preguntado:
—En definitiva, ¿dónde está esa carta?
—Eso pregunto yo —exclamó D’Artagnan—. Ante todo os advierto que la carta esa va dirigida a m. de Tréville y es preciso de todo punto que se dé con ella; y si no aparece, él sabrá de sobra hacer que aparezca.
Esta amenaza acabó de intimidar al mesonero; y es que después del rey y del cardenal, quizá no había mortal cuyo nombre fuese, como el de Tréville, más frecuentemente repetido por los militares y aun por los paisanos. Cierto es que también estaba el padre Joseph, pero el nombre de este no era nunca pronunciado sino en voz queda a causa del grandísimo terror que inspiraba la eminencia gris, como llamaban al familiar del cardenal.
El mesonero, pues, arrojó el chuzo y, después de ordenar a su mujer y a sus criados que hicieran respectivamente lo mismo con su mango de escoba y con sus estacas, fue el primero en dar ejemplo al ponerse en busca de la carta extraviada.
—¿Contenía algo precioso la carta esa? —preguntó el mesonero tras un instante de investigaciones infructuosas.